20/7/13

(y 2) Sobre lenguaje y sexismo

Lo mismo podríamos decir de el nacimiento. Su nombre indica proceso, aunque se use de forma mucho más genérica, pues no existe equivalencia superior en femenino (‘natalidad’ se emplea en el sentido de “estadística de nacimientos”, y ‘Natividad’ “se aplica ese nombre solamente a los de Jesucristo, la Virgen y San Juan Bautista”). Sin embargo yo recuerdo que en Extremadura, siendo niño, alguien me preguntó que de dónde era yo de nación. Español, dije. Pero no era eso lo que me preguntaban sino en qué ciudad había nacido. Me quedé perplejo. Lo acabo de encontrar en el DUE: “De nación (pop.). ­De nacimiento”.

También me ha traído loco (especialmente) la palabra amor, término masculino, pues por más vueltas que le daba no encontraba uno de nivel superior en femenino. Los sustantivos terminados en -OR, A (ni más ni menos que 2.446) no tienen mayor problema: son la mayoría flexivos (con masculino y femenino), de nombres de actor o instrumento: el comprador,  el tractor, la desgranadora…  O de cualidad, desde adjetivos: el amargor… Más complicadas me parecían aquellas pocas que no tienen la posibilidad de declinarse en femenino: el dolor, el valor, el candor, el color…, pero todas las que estudié pude comprobar que tienen su correspondiente grado superior en femenino: la dolencia, la valía, la candidez, la coloración… Algunas de ellas, incluso, poseen los dos géneros sin necesidad de añadir ninguna desinencia: la color, la calor (términos que quizá quieren directamente aportar, o que antiguamente aportaban mayor amplitud al concepto [2]). Pero amar, una idea tan noble, tan importante, tan elevada, ¿cómo no disponía de un concepto primordial en femenino? ¿El masculino el amor era el término de mayor nivel evolutivo y arquetípico? La amabilidad no me servía, porque se relaciona con amable; las artes amatorias tampoco, pues son dos palabras. Tuve que recurrir a la imaginación y escribir en un papel las supuestas formas lógicas (¿regulares, podríamos decir?) para ver si existían en el diccionario. Amar – la amancia, la amalía, la amación… ¡Eureka! Amación sí existe: “f. En mística, pasión amorosa.” Y su definición concuerda tanto con mi hipótesis que ha sido relegada a la inalcanzable mística. [1] 

Pero 'amación' parece estar aún muy ligada a la acción, aunque sea dándole una cualidad mística. Por eso he llegado a la conclusión de que 'amor' sería sencillamente femenino en su origen, al igual que "la calor" o "la color" (antiguamente se decían así ), pues comparten esa fisonomía y por lo tanto esas posibles transformaciones. O "el dolor", "el candor", "el rubor"... que se intuye que pudieron ser antiguamente femeninas (habría que buscarlo). De hecho en portugués el dolor es "a dor", en femenino.
El problema es que como 'amor' empieza por a se crea cacofonía con el artículo ("la amor", "una amor") y por eso se conjugaría en masculino, como "el águila" o "el agua", que son femeninas. Solo que en estos casos no se ha olvidado (todavía) que son femeninas, y en la palabra 'amor' SÍ SE HA OLVIDADO. De tal manera que habría que decir, en puridad, "el amor", sí, pero también "las amores" o "la gran amor".
El ladino es una maravilla porque mantiene vivo en la actualidad el castellano antiguo. Y acabo de ver que en sefardí se dice "las amores". "Esta idea me kuadró, porke me akodri ke en la gazeta France Soir, al tyempo, aviya un foyeton intitulado Les amours celebres (las amores famozas) i entre otras istoryas, pasaron muncho tyempo kon los amores del rey David..." (http://www.esefarad.com/?p=9832). También he encontrado este incunable con el título de: "Historia de las amors e vida del cavaller Paris e de Viana." Impresor: Diego de Gumiel. Barcelona, 1497. Catalán antiguo. (http://www.vgesa.com/vgeinc20.html)

En cuanto a el patinaje, el reglaje, el marcaje, el taquillaje y los masculinos terminados en -AJE (más de 250), 
a pesar de que casi todos son nombres de conjunto (el correaje, el andamiaje…), o de atributos (el almacenaje, el pontaje…), o de lugar (el pasaje, el alunizaje, el paisaje…), algunos pueden llevarnos a equívocos, pues sin ser arquetípicos sino procesales, se utilizan como genéricos del máximo nivel: el aprendizaje, el caudillaje, el vasallaje... Los que provienen del francés (garaje, espionaje, coraje, paisaje…, aunque el dato no tiene nada de descalificador para este estudio), aún me parece más evidente su poca consistencia como conceptos abstractos, o al menos al nivel de sus correspondientes femeninos. Son términos en gran medida instrumentales que por lo general destilan temporalidad, instantaneidad incluso. El más abstracto que he visto, el oleaje, el DUE cita así los verbos que lo rigen: “(«Haber, Levantarse, Moverse») ­m. Movimiento de la superficie del agua con formación de olas.” Además resulta que sí existe una correspondencia de mayor abstracción en femenino: la oleada.

Luego, los terminados en -ISMO, como el costumbrismo o el amiguismo, dice el diccionario que son “de adhesión a doctrina o partido”: el abolicionismo, el comunismo, el franquismo…,  y otros de actitud: el fatalismo, el pesimismo, el pacifismo…, pero a mí me parecen que son todos de adhesión a ese tipo de doctrinas que llamamos convicciones prejuiciosas inquebrantables (a la fatalidad, a la negatividad…). Mejor le iría al mundo si no hubiera muchas palabras de este tipo. El problema es que el DUE contabiliza ¡ni más ni menos que 897!

Los sufijos -ARIO, A (el muestrario, el acuario, la beneficiaria) y -ERO, A (el alfiletero, el cenicero, el petrolero),  dan nombres comunes, pues forman nombres directos de acción, como agentes, de utensilios y de profesión: el funcionario, el anticuario, el arrendatario, el santuario… la zapatera, el recadero, la carbonera, el candelero… , excesivamente pegados a la realidad cotidiana, y en muchos casos ya el mismo el hecho de que puedan ir en masculino o en femenino (embustero, a, hostelero, a) los baja del Olimpo de las categorías puras, pues los convierte en “actuantes”.

Tampoco vamos a detenernos mucho más en los sufijos -ADO (el papado, el rectorado…), y -AL (el instrumental, el lodazal, el matorral...) por razones evidentes. 

Otra forma de conceptualización no femenina de los adjetivos (aunque tampoco masculina como podría parecer, sino neutra) consiste en la utilización del artículo neutro ‘lo’: lo bueno, lo espantoso, lo estúpido… El DUE dice de ‘lo’: “Forma neutra del artículo determinado. Su principal oficio es unirse a los adjetivos para designar el conjunto de cosas a que son aplicables: No se preocupa más que de lo útil” (etc…) Está claro: conjunto. Pero conjunto es un tipo de categoría de bajo nivel, pobre en abstracción, necesariamente contingente.

Es lógico pensar que en la actualidad no todos los conceptos pueden tener una representación verbal en el más elevado nivel de abstracción: eso que me gusta llamar el “Olimpo” de las palabras, reino femenino por excelencia y por definición –antes de que los dioses patriarcales, con Zeus a la cabeza, expulsaran a las primitivas diosas matriarcales (Ishtar - Dana - Lygina - Mari - Rea…)–. Primero porque no todas las acciones, estados o emociones humanas requieren tal forma arquetípica: las más nimias, instrumentales o superficiales desde el punto de vista de lo poético no necesitan ese reflejo mítico en las alturas de nuestro pensamiento (quizá y desgraciadamente por culpa de nuestra vulgar cotidianeidad), y han de enlazarse mentalmente en todo caso con formas expresivas alternativas que sí las poseen. Por ejemplo ‘el elogio’ tendrá que acogerse a ‘la alabanza’; ‘el viaje’ a ‘la andadura’ o a ‘la marcha’; ‘el disimulo’ y ‘el engaño’ a ‘la astucia’, a ‘la diplomacia’ o a ‘la estrategia’, según los casos y los sentidos de lo que se pretenda decir. Segundo, porque, como a mí mismo me ha sucedido en mi propia exploración, hay muchos conceptos femeninos –no digo ya palabras– que desconocemos, que han quedado fuera de uso, o sobre todo que han desparecido (de muchos de ellos, tras tantos siglos de resentimiento patriarcal, ni siquiera hay rastros [2]). Todo lenguaje es pobre, limitado, frío, porque pobre, reducido y falto de pasión es el pensamiento y la sensibilidad del ser humano.

El género femenino como elemento formante
Yendo más lejos, se puede llegar a pensar que el género femenino es el principal elemento formante para el establecimiento de las categorías de máximo nivel de abstracción, para las ideas puras. En nuestra mente, el rasgo de feminidad (adjuntándole los sufijos apropiados) aporta directamente a toda raíz genérica de uso cotidiano, ya sea verbal, nominal o adjetival, connotaciones de rango superior, mítico, cosa que la misma raíz adaptada a lo masculino nunca podrá contener en tan alto grado. Y así, cuando al hablar tenemos que encontrar en milisengundos la idea más arquetípica, menos impregnada de temporalidad y contingencia, el concepto más elevado (moralmente positivo o negativo, eso no importa), dirigimos nuestra búsqueda al hemisferio significante de lo femenino, reduciendo así en un cincuenta por ciento el campo semántico, guiados hacia el mágico chispazo neuronal del encuentro sensitivo-racional en la palabra por territorios de sonidos más abiertos que cerrados, más entes que agentes, más expansivos que restringidos, más inalterables que activos, más Aes que Oes.

De hecho, hay algunos casos que me parecen muy significativos (y creo que son los que dieron origen a este estudio) en los que simplemente si convertimos en femenino un sustantivo, 
sin más, sin necesidad de recurrir a sufijos adaptativos, nos aparece lo genérico, lo colectivo o lo global del concepto: el banco :: la banca; el marino :: la marina; el calvo :: la calva o la calvicie; el músico :: la música ... Al igual que al formar el participio en femenino de muchos verbos: comer :: la comida; beber :: la bebida; pedir :: la pedida; escapar :: la escapada; entrar :: la entrada ... 

De forma complementaria, el ente particular que segrega dicho concepto abstracto, como sujeto particularizado (pero aún genérico), actuante global, terrenal (aunque no personalizado aún), lo que entendemos por el nombre común asociado, tanto en singular como en plural, podemos más cómodamente rastrearlo en la mitad de nuestro corpus léxico correspondiente a lo masculino, y así lo expresamos diferencialmente. Yo propongo que ésa es la razón por la que para el español la norma establece que “el género masculino es la forma no marcada o inclusiva”. O sea, “cuando hay referencias genéricas o colectivas a seres humanos basta el masculino para designar los dos sexos” 
[3], en tanto que el sexo femenino, que es la forma marcada, hay que especificarlo.

La adolescencia – el adolescente
El orden de prevalencia de estas dos formas de conceptualización no nos importa ahora; tal vez haya sido en los orígenes al revés, primero el agente, después la categoría. O quizá, como dice la Biblia para el comienzo del mundo, en el principio fue el verbo. Seguramente: la acción pura. Tanto en  la vida como en el lenguaje. De cualquier modo, para nuestro entendimiento: 

·  1º) A partir del establecimiento de las ideas-categorías, situadas de forma estructural en una escala conceptual superior, y definidas precisamente en cuanto tales por ese género femenino, intemporal, abstracto, el continente por así decir (la infancia, la niñez, la pubertad, la adolescencia, la mocedad, la juventud, la adultez, la madurez, la vejez, la ancianidad, la senectud, la longevidad…),

·
2º) podemos particularizar el agente, la clase, nombrar al individuo inespecífico, referirnos todavía genéricamente (nunca mejor dicho) al ente global emanado de cada categoría, y lo hacemos utilizando por defecto el género masculino (el infante, el niño, el púber, el adolescente, el mozo, el joven, el adulto, el maduro, el viejo, el anciano, el sene, el longevo…),

·
3º) a no ser que nos queramos referir de forma específica a un o unos niños o a una o unas niñas como actores concretos, en un nivel de abstracción aún más bajo, donde ya es necesario utilizar los géneros de identificación sexual.

De tal manera que en el grado de las categorías tenemos el continente (ej.: necesitamos leyes para la protección integral de la niñez), y el contenido global (ej.: debemos denunciar toda vulneración de los derechos del niño). En este nivel el sujeto puede ir también en plural, sin perder por ello ese grado de abstracción (ej.: el derecho a la educación de los niños). En el funcionamiento de nuestro logos, para hablar, seguramente necesitamos este tipo de organización psicolingüística, este tipo de operación mental, sencilla y rápida, para establecer hechos genéricos, no particulares: lo femenino para el continente, el ser, lo inmanente, lo intemporal e indefinido; lo masculino para el estar, el contenido, el modo circunstancial.

Después, cuando necesitamos especificar si se trata de niños o niñas, es decir, para los casos particulares, en un tercer grado de abstracción, tenemos a nuestra disposición los géneros (ej.: las niñas afganas están ávidas de educación), tanto en artículos, como en sustantivos y adjetivos. Aunque, por la norma anterior, para el masculino hay que especificar para no confundir el caso concreto con el nombre colectivo (ej.: la ley del más fuerte importa más a los niños varones).

El continente y el contenido
Todo lo cual concuerda de manera precisa y preciosa con el reparto de cualidades y características que observamos en el universo de lo fenomenológico, en el mundo real, curiosamente compuesto desde sus más pequeños y fundamentales elementos constitutivos (átomos) por dos fuerzas que se oponen y se complementan: el electrón el protón, el – y el +, lo femenino y lo masculino (donde los sexos son sólo un exponente más), el yin y el yang de la filosofía oriental. Lo femenino es receptivo, abierto, ilimitado; lo masculino activo, definido, concreto… 

Permítanme adjuntar unas reflexiones que escribí hace años sobre las vocales, en este caso sobre la A y la O, definidoras en castellano de los dos géneros:   
El sonido de la A hace referencia a lo abierto, a lo grande, a lo total, a lo majestuoso. Y a la sorpresa por el exceso de abundancia, de grandeza. A lo receptivo, a lo acogedor, a lo inmenso. También, en un uso exagerado de palabras con esta vocal nos encontramos con lo excesivamente relajado, lo simple, lo inconcreto. Lo átono. “Quedarse con la boca abierta” es una frase que retrata muy bien esta actitud. El sonido A es claramente femenino. No en vano es la desinencia que, en español, al final de sustantivos y adjetivos, indica el género femenino. Pato/pata. Blanco/blanca. Sin duda, esta diferencia tiene que ver con el sonido A, el más primario y sencillo de todos los que podemos generar con la voz, y de manera francamente amplia, abierta sin límite…
La O produce un sonido oscuro, opaco, bajo, contenido, cerrado, poco sutil, quieto, fuerte. Pero representa de algún modo también el reino de lo cotidiano, lo rotundo (redondo), lo definido, lo objetivable. El objeto, el modo, el proceso. Es claramente un sonido yang, activo, engendrador, realizador, lógico, y complejo. Es el mundo de la realidad, el todo, pero un todo paradójicamente no completo (aunque la O lo crea y obsesivamente así lo vocee), no global, sino acumulativo, agregación de cada una de sus infinitas partes.
En español es un sonido masculino, evidentemente. En oposición a la A, establece el género masculino en la mayoría de sustantivos y adjetivos. [4]
¿Se deberían lamentar las y los correctores y correctoras políticos y políticas, protestarían por el papel que según lo dicho posee lo femenino (ojo: no la mujer, equívoca y habitual identificación) en la conformación del lenguaje del idioma que compartimos? Ni más ni menos que el concepto puro, la esencia del lenguaje, la matriz de los estados, las categorías, los ámbitos y las sedes de todas y cada una de las circunstancias y de las emociones humanas. Es como si actualmente la mujer rechazara la sabia naturaleza aparentemente pasiva de lo femíneo, absurdamente envidiosa de la prepotente, estúpida y ridícula actividad protagonística de lo masculino. No hay más que ver cómo va el mundo. A mí tal función me parece un honor inconmensurable, en sintonía con la grandeza y la trascendental esencialidad de lo femenino, tanto en la humanidad como en el universo.

¿Habría de lamentarse y protestar el hombre suspicaz algún día porque hasta las palabras masculinidad, virilidad y hombría sean del género femenino? Qué absurdo.




[1] Ver nota 2.
[2] Hablaré en otro momento de la posibilidad de que la mentalidad patriarcal sí haya podido influir en la eliminación o sustitución progresiva de términos máximamente abstractos femeninos por otros masculinos de menor nivel, haciendo moda, uso y costumbre de estos y relegando al olvido o a usos literarios, filosóficos y poéticos a aquellos. Tal manipulación sí es posible. Como ejemplo, cf. la actual sustitución de muchos vocablos en catalán que son iguales o semejantes a los castellanos por sinónimos que suenan a más “autónomos”.
[3] Manuel Alvar. “Introducción a la lingüística española” Ed. Ariel. Barcelona, 2.000
[4] “La Caverna Sonora” http://cavernasonora.blogspot.com.es/ (Capítulo todavía no incluido).

11 comentarios:

  1. Las palabras más bonitas en español son femeninas: son las que expresan virtud, cualidades, emociones humanas... y todas ellas son tan universales y abstractas que explican por sí mismas un mismo estado genérico a alcanzar (privilegiado o no) en su máxima, tanto para las personas de sexo masculino como para las de sexo femenino. Siento que de ahí radica su belleza. Tienen tan sencillez y a la vez tanta complejidad dentro de esa misma sencillez que aplican el papel de universalidad para todos.
    Por eso, creo absurda la necesidad socorrida y convaleciente ahora distinguir marcadamente señalando los dos sexos sin exclusión, porque de otro modo la exclusión pudiera significar otra cosa que atente contra las personas.
    Porque nunca, a mi modo de ver ha habido una exclusión total al utilizar el masculino genérico y cuando lo oíamos, todos los que sabíamos innatamente la estrucatura interna de nuestra lengua sabíamos y entendíamos a lo que se refería al utilizar el masculino genérico, que implica en sí mismo los dos géneros; más allá de ponerse a pensar, mirar con lupa y trastocar porque sí -con una lógica influida por moralidad patriarcal feminista- nuestro rico y sabio lenguaje.

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  2. Es verdad: la palabra amor es masculina ¨el amor¨, y por ejemplo se me ocurre ¨el enamoramiento¨ como es terminado en -miento -y has dicho antes- está más cercano a la acción, al momento en el que se produce el hecho, entonces es masculino. Me pregunto si la variante femenina sería ¨la amación¨ como concepto genérico y lleno de abastracción, como es ¨el amor¨ ; y de forma similar al ejemplo de el (a)justiciamiento - la justicia, como has dicho antes. La justicia es aquí la variante femenina genérica ¿te suena que podría serlo ¨la amación¨?

    Me gusta mucho especialmente esta frase: <>

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  3. Esta es la frase (que no ha salido antes): Todo lenguaje es pobre, limitado, frío, porque pobre, reducido y falto de pasión es el pensamiento y la sensibilidad del ser humano.

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  4. No solamente me suena que podría ser 'la amación', sino que supuso para mí una gran alegría, llevado por la misma lógica que expones tú, encontrarla en el diccionario. Lo he contado más arriba, en esta misma entrada.

    Pero habría muchas otras palabras en las que indagar y descubrir, igualmente, el ascendiente más abstracto del masculino que se utiliza como máxima categoría sin seguramente serlo. Quizá en la antigüedad. Términos como "el miedo", "el rencor", "el pánico"... que sí, se intuye que son de emociones más pegadas a la acción, no tan genéricas, pero que funcionan como tales.
    Desde aquí te invito a sumergirte ese gran campo de investigación.

    Gracias por tus magníficos comentarios y por tu interés.

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  5. Anónimo1:58 p. m.

    En cuanto a la reflexión que haces acerca de la palabra amor y su posible término femenino hacia lo abstracto o puro, no termino de aceptar la amación como tal, ya que me sigue pareciendo estar aún muy ligado a la acción en su ejercicio. Por otro lado, ¿no creeis que es interesante plantear la posibilidad de que, efectivamente, amar no sea más(ni menos, por supuesto) que la acción , el instrumento que facilita el camino hacia un término que por sí mismo sí se expresa de un modo puro?: la fe. Yendo ahora al significado que ambos conceptos contienen y a lo que ello provoca en los seres humanos , tanto de modo spicológico como en lo sensitivo y emocional, creo que hay relación entre uno y otro. Quizá sea la Fe el término femenino y puro del amor. Y escribiendo ahora observo que fe es la raiz de femenino, y que lo femenino sin embargo es masculino.¡Cuántas cosas se me escapan, Miguel Angel!¿Tú sabes algo más sobre esto? Mundo apasionante la lengua...
    P.D: quizá La Amada , entendido como la ceremonia del amor, como su representación abstracta, sea también un bonito término.
    Muchas gracias por este viaje.

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    1. Tienes razón sobre que amación parece estar aún muy ligada a la acción, aunque sea dándole una cualidad mística. Dice Santo Tomás que "la amación añade al amor estrictamente dicho cierta intensidad del mismo o como cierto fervor".
      Es difícil rastrear en el lenguaje buscando el concepto que está o debería estar en la cúspide de la emoción pura. Pero también apasionante. La fe está estrechamente relacionada con la amación, sin duda, pero es otra idea, otra vía, otros sonidos consonantes (esa F pura --ningún otro concepto tiene sólo dos letras--), y en el campo lingüístico no se pueden hacer esas transposiciones. La fe es el camino, o el vehículo hacia el amor, y tiene sus propias características, su universo propio, y sus propios derivados: fidelidad, fidelizar, fehaciente...
      Pronto introduciré en otro blog ("La caverna sonora" - cavernasonora.blogspot.com) mis reflexiones sobre la F, y en especial sobre la palabra FE, que me parece que es o debería ser la capital de toda esa provincia.

      En cuanto a tu propuesta, 'la amada', me parece interesante, y bella. El problema es que friccionaría con otro concepto, el participio del verbo en femenino: el amado, la amada. Y eso complica mucho las cosas a la hora de llevarlo a o mantenerlo en el idioma, pues también estos términos son muy importantes y tienen su propia identidad, que no conviene confundir.

      Es difícil rebatir "el amor". Pero por otro lado no. Actualmente pienso que 'amor' sería sencillamente femenino en su origen, al igual que "la calor" o "la color" (que como sabes se decían así antiguamente), pues comparten esa fisonomía y por lo tanto esas posibles transformaciones. O "el dolor", "el candor", "el rubor"... que se intuye que pudieron ser antiguamente femeninas (habría que buscarlo). De hecho en portugués el dolor es "a dor", en femenino.
      El problema es que como 'amor' empieza por a se crea cacofonía con el artículo ("la amor", "una amor") y por eso se conjugaría en masculino, como "el águila" o "el agua", que son femeninas. Solo que en estos casos no se ha olvidado (todavía) que son femeninas, y en la palabra 'amor' SÍ SE HA OLVIDADO. De tal manera que habría que decir, en puridad, "el amor", sí, pero también "las amores" o "la gran amor".

      Gracias por el debate que has suscitado, tan inspirador.

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  6. El ladino es una maravilla porque mantiene vivo en la actualidad el castellano antiguo. Y acabo de ver que en sefardí se dice "las amores".
    "Esta idea me kuadro, porke me akodri ke en la gazeta France Soir, al tyempo, aviya un foyeton intitulado Les amours celebres (las amores famozas) i entre otras istoryas, pasaron muncho tyempo kon los amores del rey David..." (http://www.esefarad.com/?p=9832)

    También he encontrado este incunable con el título de: "Historia de las amors e vida del cavaller Paris e de Viana." Impresor: Diego de Gumiel. Barcelona, 1497. Catalán antiguo. (http://www.vgesa.com/vgeinc20.html)

    Luego, voy por buen camino.

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  7. Anónimo12:21 a. m.

    Sí, en alguna ocasión escuché en una canción sefardí "las mis amores" y recuerdo que no es que me sorprendiera demasiado sino que me sonó hasta mejor. Seguramente como señalas, se nos haya olvidado su esencia femenina. Por otro lado, si el amor tiene que ver con la muerte, o mejor dicho , con su ausencia, por ahí también podamos encontrar otra pista o argumento: si la muerte es femenina también lo será la no muerte, la amor. Pero en mi caso, las reflexiones que aquí hago parten sólo de la intuición y no he desarrollado aún ninguna investigación un poco más seria;pero reconozco que disfruto con ello y no lo puedo remediar. De modo que seguiré tus publicaciones con ilusión.
    PD: aunque la Rae no llegue nunca a aceptar mi propuesta sobre La amada, creo que voy a intentar usarlo alguna vez, igual por contagio...
    un saludo afectuoso. Anónima Leocadia.

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    1. Gracias, Anónima Leocadia. No te preocupes por el modo en que investigas algo: la intuición está en la base de los descubrimientos. Y el disfrute es la mejor señal de que tu entrega es valiosa, porque muestra que te involucras personalmente, con todos los sentidos.
      Utiliza 'la amada' libremente. Al fin y al cabo así es como van tomando cuerpo en la sociedad los nuevos (o viejos) vocablos, a través del uso. Yo, por mi parte voy a emplear "las amores".

      Estos comentarios que hemos intercambiado me han animado a retocar el post, y he incluido en él las reflexiones de la palabra 'amor' que he compartido contigo. Así que gracias otra vez.

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  8. Paco Pepe1:08 p. m.

    Felicidades, Miguel Ángel, me ha parecido excelente este artículo (en sus dos entregas), cosas así de serias no es habitual encontralas por internet.

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    1. Gracias, Paco Pepe. Comentarios como el tuyo son los que animan a seguir investigando. ¡Salud!

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por Miguel Ángel Mendo

Reflexiones y ocurrencias sobre el idioma (español).